sábado, 5 de mayo de 2018

Viernes... de evolución

Hola a tod@s!
Aunque me lo proponga sería difícil calcular la longevidad de mis Viernes. Sé que nacieron el siglo pasado y fueron hijos de la necesidad de mantenerme comunicado con aquellos que quería y lejos estaban, mas el día preciso del alumbramiento se pierde en la madeja de emails que luego devinieron entradas de un blog. 
 Al principio aquello era un mero pretexto para describir la España que descubría semana tras semana. Más tarde alguien lo clasificó como una guía de ocio particular y comentada de mi Madrid. En ocasiones se ha convertido en plataforma personal para verter pensamientos y otras tribulaciones mentales. Alguna vez fue un sitio para declaraciones sin y con intenciones. Siempre han sido textos paridos desde la atribulada inconsciencia de quien dejó una isla, plena de metáforas, para esparcir la palabra libre, ingrávida, leve. 
De cualquier manera, encontrar un estilo y seguir la disciplina del discurso semanal se ha transformado en una cuesta demasiado empinada. Las redes sociales y su instantánea “oportunidad” desvirtúan cualquier propósito de reflexión más o menos profunda. El conocimiento y su transmisión se han convertido en mensajes de pocas letras y una imagen. Hoy no se diferencia entre la verdad comprobada y una opinión que emerge tras pocos segundos de osada irreflexión; quizá esto siempre ha sido así pero el altavoz que proporciona una conexión a internet y la gratis membresía a un par de redes sociales provoca un tsunami de sólidas proporciones. Todo ello me ha llevado a un período de calmado recogimiento y distante meditación. ¿Cómo deberían evolucionar mis Viernes? Hacerse eco de la insoportable pesadez de nuestros tiempos tan sólo añadiría más lastre a la gravada mochila que la vida nos impone. Erguir una tribuna henchida de denuncias tampoco se me antoja una proyección, cien “cátedras” licuadas tendremos detrás de un clic en Facebook, Twitter o similar. Entonces, por qué no proyectar estos textos, invisibles, hacia la agudeza que sólo lo bello puede proporcionar. Y así será. Prometo cada semana hablar, que significa escribir, de aquello que provocó la sonrisa inteligente… el placer proporcionado que el recuerdo de lo leído, aprendido e integrado genera en un espectador de la vida que intenta, a veces en vano, moldear el futuro. 
Os quiero,
Ed.

viernes, 30 de marzo de 2018

Viernes... de las antípodas

Hola a tod@s!
Saltándome el hilo temporal, no hay remedio carpenteriano siempre he sido, me adelanto al Viernes que supuestamente debí dedicar al enlace-contrato-especial firmado y me centro en las antípodas. Nos fuimos a Australia y en el camino de vuelta pasamos unas horas en Dubái, pero de esto último hablaré en otra ocasión.
Luego de no sé cuantas horas en un avión y sin tener muy claro en qué día vivíamos, pusimos los pies en Adelaila, una ciudad pequeña y construida a medida del habitante. Era de noche, el cansancio se hacia hueco en nuestros cuerpos y debíamos madrugar a la mañana siguiente… decidimos pedir algo para comer en la habitación. Fue entonces cuando tropezamos quizá con el único defecto palpable del país-continente, la comida. No existe comida australiana típica más allá de las BBQ con carnes de cualquier animal incluyendo los canguros, por supuesto. Tal y como un amigo me describió, yo soy más de mostrar mis defectos en el primer momento para impresionar con el resto, Australia hizo lo mismo. La mañana llegó demasiado rápido y nos fuimos en un ferri hasta la Isla Canguro, una auténtica reserva natural, un sitio donde todo el mundo se llama por su nombre pila y que dos días bastan para recoger que no conocer, de punta a cabo. Nuestra guía, una señora cercana a los sesenta, autóctona y con un inglés para agradecer (abro un paréntesis para decir que el acento australiano es junto a su comida, lo peor), nos mostró aquel paraíso, resultado de sabanas y costas inimaginables. Canguros, ualabís, coalas, serpientes… y el desfile de bichos era infinito. Particularmente, lo de los ualabís nos costó más de una risa. La palabra aparecía siempre al final de una enumeración de animales reconocibles… ¿Qué era aquello? ¿Esa palabra? Daba por sentado que sería una expresión que usaba como “etc”. No sería raro, en España se usa el “y tal” para sustituir a “etcétera”, cosa que poca explicación, if any, tiene. Así fueron pasando las horas hasta que señaló hacia un canguro pequeño de color marrón y sentenció “ualabí”. Comenté con gracia el incidente a varios amigos y resulta que el ignorante era yo, hasta uno de ellos llama Ualabí a su perro porque en lugar de correr, salta. En fin, uno empeñado en ser culto y llega un canguro para destrozar su reputación. Regresamos en avioneta al continente y recuperamos los 30 minutos de diferencia horaria que, por casualidad y chateo con un amigo que iba camino de Quito, descubrí su existencia. Nuevamente en Adelaila, nos dio tiempo para ver algo de la ciudad, organizada alrededor de un parque donde los locales corren, hacen picnics… y quizá cruising, pero esto último, evidentemente, no estuvo entre mis prioridades descubrirlo. Eso sí, paseando por sus calles descubrí que la pequeña Adelaila ha parido tres premios Nobels. Dos de física, padre e hijo, y uno en Medicina. Luego, buscando en Google, me entero que el número sube a cinco. Un dato, cuanto menos, interesante. Con el tiempo justo, llegamos al hotel, recogimos las maletas y nos fuimos a Melbourne… y aquí otro punto interesante: la seguridad. Ya habíamos notado un aire despreocupado en los locales, un halo de “aquí no pasa nunca nada”. En toda Isla Canguro no vimos un solo policía. Otro tanto en Adelaila… pero lo que nos dejó perplejos es que no existe control de identificación para tomar los vuelos domésticos. Pensamos que sería algo puntual cuando en el pequeño aeródromo de la Isla Canguro, nos esperaron y no tuvimos que pasar ningún control para abordar aquella avioneta que nos regresó al continente. No, ese poco control es la norma. Una hora con algunos minutos de turbulencia y llegamos a la ciudad más europea fuera de Europa que he visitado. Melbourne imita el encanto del viejo continente pero con más verde, más modernidad, más alegría, más sol, más de todo. Por sus calles hay arte, hay personas, hay alegría. Sus museos están llenos de ideas rompedoras y cuadros relevantes. Las famosas “Arcades”, son maravillas que te transportan a los albores del siglo XX londinense para empujarte al XXI australiano… se toma té a toda hora y se endulza con cakes y más azúcar. Supongo que luego se matan en el gym, pilates, crossfit y otras sudadas porque cuerpos escultóricos sobran en ambos sexos. Dejando Melbourne y llegando a Sydney… la cosa cambia radicalmente. La no-capital del país es un hervidero. Se me antoja una mezcla proporcionada de Londres, NY y Madrid… sazonada a fuego lento con sol, playa y verde. Allí, otra vez, la arquitectura se envuelve de plantas, playas y personas. Descubrir el mil veces fotografiado edificio de la Ópera, a medida de que te acercas al puerto, es una experiencia disfrutable; pero se llega al éxtasis cuando te percatas que, en realidad, son tres estructuras independientes que desafían a Newton y dan cobijo a manifestaciones excelsas del arte escénico. Sin embargo, nada es comparable al ambiente de libertad y alegría que circunda a Sydney, donde casi cinco millones de habitantes persiguen sueños sin dejar de vivir el día a día. Poco tiempo y la interacción casual con locales y conocidos que por allí buscan futuro, es suficiente para percatarse que el sol ha transformado el empeño anglosajón de vivir para trabajar en un trabajar para vivir, más propio de los latinos. Pero no todo es paradisiaco en los confines del planeta. También conocimos historias de soñadores que abandonan sus orígenes para florecer en aquellos lares. Pasajes de vidas que empeñan años de existencia escarbando hondo para construir un futuro, aún incierto, en la nueva tierra prometida que se resguarda del emigrante no deseado con leyes férreas y costes elevados. Historias que se repiten aquí, allá y donde quiera que voy. Con el gusto dulce de la belleza encontrada nos fuimos al último destino australiano de nuestro viaje. A Cairns llegamos y otra vez la delicadeza y el trato como pareja de recién casados tuvo lugar en aquel sitio perdido de la Tierra. Al principio, recorrer sus calles nos trajo imágenes del oeste americano salpicado de barrios playeros… por momentos pensé estar en Varadero, para los cubanos y viajeros. Más tarde aquello se transforma en sitio celestial con piscinas públicas que aparentan playas urbanas de gusto refinado y como colofón: una habitación con vistas de 180 grados al océano. El segundo día en aquel confín nos deparó una sorpresa, una catalana afincada en el país nos hizo de guía particular por los parques nacionales y sitios aledaños. Cuando comenté que me iba de luna de miel a Australia, un conocido con mucho atino me dijo: “no te pega nada”… a lo que añadió: “un sitio lleno de animales”. No soy adicto al campo, más bien todo lo contrario, la ciudad me viene a medida. Sin embargo, y vuelvo al hilo de la sorpresa, lo que vi en Cairns me maravilló.
¡Cuánta diversidad de flora y fauna! Creo saber que en los sesenta y un día que Darwin estuvo en Australia no llegó a visitar esta zona… mas debió hacerlo. Si alguien duda del ateísmo, por favor id a esos parques naturales. Aquí se confirma que no hay dios que haya creado tanto bicho y tanta mata en sólo una semana. Bromas aparte, aquello es el auténtico paraíso para un biólogo. No hay verde más verde, decía yo que el de Pinar de Río era único y me equivoqué. Pero no todo culmina aquí, como guinda, nos fuimos a comer a un restaurante en medio del bosque, donde junto a un pescado local, de nombre ya borrado, pude degustar frutas tropicales incluyendo ¡Mamey y zapote! ¿Qué más pedir? Pues hubo más, al día siguiente abordamos un barco y nos fuimos a la barrera coralina más grande de la Tierra, la misma que se puede ver desde un satélite. Y la diversidad se multiplicó cual factorial en colores, formas y vida… entonces regresamos a casa, a Madrid, por supuesto.
Os quiero, 
Ed.
PD: Os dejo un link a facebook con un vídeo del viaje 
https://www.facebook.com/eduardo.lopezcollazo.7/videos/10155505199282874/

jueves, 8 de marzo de 2018

Viernes...

Hola a tod@s! 
Mañana firmo un contrato, otro más de los muchos que se rubrican durante la vida. Mas este parece tener tintes especiales, primero tuve que demostrar con papeles que estoy en plena forma para hacerlo; hubo incluso que rebuscar en los archivos de la vida. Más tarde se lo fui diciendo a los incondicionales y la mayoría mostraron palmario interés por asistir a la firma… pero, “sí es sólo una firma” pensé. Entonces fue creciendo el entusiasmo, muchos compraron billetes para vuelos sobre algún océano, otros tuvieron la suerte de la cercanía pero reservaron el día en sus teléfonos. Algunos se enfadaron consigo mismo por la imposibilidad de mover compromisos anteriores y perderse el instante del rubricado. Todo esto ha pasado en los últimos meses mientras que los días dejaron de llamarse lunes, martes… para formar parte de una cuenta atrás. ¡Una locura! 
Me dijeron que no podía ir ataviado de cualquier manera ese día y se crearon grupos de whatsapp para discutir sobre estilismos y tendencias. En algún momento alguien promocionó una lista colaborativa en spotify para buscar la música que se bailaría. ¿Bailar? pero, “sí es sólo firmar”, volví a pensar, esta vez tímidamente. Me dejé llevar por el frenesí intentando frenar la apoteosis… tanto fue así que hasta padecí una gastroenteritis que dulcifiqué con una faringitis y bajé cinco kilos, yo que soy, de base, escuálido. “No sigas bajando de peso”, me dijeron unos. “Quedarás horrible en las fotos”, vaticinaron otros. ¿Fotos? Sí, fotos y vídeos, parece que todo hay que documentarlo según la tradición. Pero “si sólo es una…” y dejé de pensarlo por temor a alguna represaría colectiva. Fue el momento en que me volqué en los preparativos… que si una cena, que si canciones, que si discursos y la pléyade se quedó corta. 
Mañana firmo un contrato, otro más de los muchos que se rubrican durante la vida. Mas este parece tener tintes especiales, mañana mi pareja y yo quedaremos amparados por la ley que creamos los humanos. Ninguno irá vestido de “novia” y es la respuesta que doy al “jocoso” comentario de una investigadora, supuestamente progresista, de mi instituto. Los dos seguiremos siendo hombres, pero unidos según lo que dicta la legalidad vigente. Mañana firmo un contrato, y estoy felizmente despierto desde las cinco de la mañana por ello. 
Os quiero, 
Ed.

sábado, 17 de febrero de 2018

Viernes... otra vez tardío y algo cósmico.

Hola a tod@s!
 ¿Volvemos al espacio?
En los años 70 la escalada armamentística y la guerrita entre soviéticos y americanos propició un desarrollo sin igual de la tecnología espacial. Lo de vencer la gravedad y luego volver a ella obsesionó a los políticos que vieron en la Luna el escenario apropiado para un discurso de campaña electoral. Pero aquello se apagó. Los soviéticos de entonces se transformaron en rusos interesados en los negocios y los americanos dejaron de mirar a las estrellas. El ¿mundo? optó por desarrollar la transmisión instantánea de información y aquí estamos, embelesados con eso de ver fotos por instagram y leyendo comentarios sin fondo de “influyentes”. Pero parece que algún resorte se ha activado. Volvemos a la carga con programas más ambiciosos. La Luna es demasiado vulgar, allí ya hay una bandera humana. El punto de mira se ubica en Marte, planeta de ensueño que ya deberíamos haber colonizado. ¿Tiene algo que ver el binomio Putin-Trump? ¿Es tan sólo el juguete anhelado de un puñado de millonarios? ¿Nos estamos preocupando realmente por el futuro de la humanidad? Pero la pregunta de siempre será ¿es necesario ese gasto con la que tenemos montada aquí abajo? La respuesta es SÍ. Y no pienso discutirla, parto de la premisa de que pocos, “if any”, alcanzan la visión de escala. ¡Cuántas cosas serán posible gracias a la tecnología que desarrollaremos para llegar a Marte! ¡Cuántas soluciones para la agricultura-alimentación inventaremos para alcanzar ese objetivo! ¡Qué gran oportunidad les estamos ofreciendo a nuestra especie expandiéndola por el espacio! Probablemente muchos no lo entiendan, pero los científicos tenemos que pensar en otra escala, pocos vemos la aplicación definitiva de lo que hacemos durante nuestras vidas. Pensar en grande es el acometido. A veces, como ocurrió con la Física Nuclear, sólo un conflicto de dimensión mundial acelera el conocimiento… como todos, dependemos de la política y a ella pocas mentes universales se dedican. Pero la ciencia es un ente con miras largas y alas enormes que no se pueden cortar. La humanidad se colapsa en la Tierra, hay que ampliar horizontes, buscar otras motas de polvo donde asentar nuestra especie. Entonces llegará el día que olviden su origen y serán otros científicos los que “descubran” el extinto planeta Tierra donde todo comenzó.
Os quiero,
Ed.

viernes, 2 de febrero de 2018

Viernes...

Hola a tod@s! 
El error es parte indisoluble del ser humano, viene en nuestro código. Los errores nos hacen vulnerables pero también nos dan un aura atractiva, ese punto macarra que nos convierte en terrenales. La perfección no es popular pero, al menos a mí, me fastidia no alcanzarla. Me retuerce enormemente reconocerme estúpido, una y otra vez, frente a la evidencia. Pero la edad, mientras te va quitando encantos juveniles y otras virilidades, te compensa con algo de olfato para identificar la metedura de pata en ciernes o, al menos, reciente. Nunca fui socialmente avispado. Sin llegar a los extremos, bueno a veces sí, se me daba mejor resolver mil integrales de funciones imposibles (hablo de matemáticas) que interpretar las señales humanas. Era capaz de reconocer en un libro la trama fallida que el pobre escritor no supo desarrollar pero pasaba por alto el verbo mordaz que, dirigido hacia mi persona, me atravesaba sin inadvertido. 
Ya hoy, el cuje social aún me hace caer de vez en cuando, pero a veces lo visualizo con algo de destreza… aunque he de decir que sigo esperando la caída para comprobar, con certeza científica, su existencia. Creo, por lo general, en la bondad y me cuesta reconocer la mierda aún cuando miles de moscas parecen dar fe ella. Sufro, cada vez menos, por las decepciones, pero cada día cobra peso aquello de que no quiero pertenecer al círculo de falsedades que muchos dibujan a su alrededor para lograr, sabrán supongo, no sé que objetivo divino alejado de lo importante. Afortunadamente, la vida nos va haciendo sabios o dejémoslo en menos tontos. Estoy contento de tener a las personas correctas en ese club que los años va conformando y para el cual no se puede comprar la membresía. 
Os quiero, 
Ed.

viernes, 12 de enero de 2018

Viernes... vuelven

Hola a tod@s!
Cada viernes, desde hace unos cuantos, me propongo escribir un Viernes. Cada viernes, desde hace unos cuantos, la misma duda me muerde y salgo corriendo cual cachorro apaleado. Antes no temía, me pensaba libre… “salí de la metafórica isla para serlo” repetía. Iluso mi yo de entonces. Las ataduras de hoy son sutiles amarras de sólido hierro. Cada palabra escrita o pronunciada en público se vuelve afilada y te corta, sin contemplaciones, el cuello. Las amistades apenas existen, nada te ampara cuando eres árbol caído y la leña es tu futuro. Pero existe el tiempo que teje la historia… ese es infalible. Mis Viernes vuelven y en el fuego arderá quien lo merezca.
Os quiero, 
Ed.

viernes, 1 de diciembre de 2017

...esa enfermedad sin cara que sigue arrebatando sueños.

Era apenas un chaval de 14 años cuando aquello aterrizó en la Isla. La presentadora de las noticias de la tarde dijo que un escenógrafo cubano había fallecido de SIDA, luego siguió hablando de la irrelevancia cotidiana. El “cáncer gay” hacía nido en mi país, el sitio que pensaba a salvo de todo lo malo que generaba el mundo. Me quedé helado en el pleno calor de un pueblo perdido del atlas y tomé una determinación: el condón. Sí, sólo tenía 14 años pero mi vida sexual ya había despegado hacía algún tiempo. 
Mucho agua ha caído desde entonces, en la Isla se destrozaron vidas y familias en aras de controlar la infección. Allí siempre se sacrifica el individuo por la masa, sin pensar que el primero es parte de esa masa. El miedo a la muerte se olía en cada encuentro, al menos no viví el estigma de que sólo los gays éramos el blanco de aquella cosa que luego se supo virus. Más tarde vinieron los antiretrovirales al rescate de los enfermos, para entonces aquello era una pandemia, pero con esta solución llegó el sello distintivo del portador, la marca infalible en unas mejillas hundidas y la distribución irregular de la grasa, hablo de la lipodistrofia. El VIH mostraba una cara que hoy se diluye, mucho dinero ha lavado hasta borrar esas distinciones de antaño… hoy la enfermedad se oculta en los reservorios de un tejido, llegaron los indetectables. 
El estigma se disimula, la prensa apenas hace alusión a una población creciente de infectados, una pastilla diaria ofrece la solución para una vida plena. Los políticos miran hacia otro lado, hay campañas para prevenir el embarazo pero nadie habla de los contagios… si no se habla de ello, no existe. Pero el VIH se sigue moviendo, el virus se controla en la circulación pero no se elimina de los tejidos… se queda allí, a la espera de un descuido. Parece ser que había dejado de fastidiar, de hecho hasta se dice que si no se detecta en sangre esa persona no contagia… dicho que no es un hecho y no confundamos, la ciencia es la única que tiene la última palabra. La vida no se desvanece por tener al lado a un portador, nada malo ocurre si el condón acompaña en la intimidad. Mas, la tregua se acaba. En la escena aparece un nuevo actor, el envejecimiento precoz de las defensas. Poco se habla de ello, cuesta explicar con términos simples el fenómeno que será un gran problema mañana por la mañana. La persistencia del virus en algunos tejidos junto con la medicación diaria hace que las defensas se defenestren a pasos de gigantes. Se abre una nueva batalla y la ciencia no está del todo preparada. 
Os quiero, 
Ed.