jueves, 12 de mayo de 2022

Viernes... con más preguntas que respuestas.

Hola a tod@s!
En los tiempos de la información inmediata, del hoy y del ahora, se torna difícil entender la aparente lentitud de la ciencia al dar respuestas a las preguntas urgentes. En más de una ocasión he dicho que toda investigación científica se cuece a fuego lento y en las penumbras de un laboratorio sin ruidos. Pero, esto parece ser un pasado idóneo que no volverá. Cuando los resultados del último artículo científico sobre la COVID-19 que hemos publicado se refieren a una comparativa entre las diferentes vacunas aplicadas en España y aún no hemos terminado la experimentación para describir los efectos a medio plazo de la tercera dosis, es apremiante saber si se necesita una cuarta dosis, correlacionar o no la alarma de hepatitis infantil de origen desconocido con la pandemia, si se debe volver al uso de la mascarilla y el etcétera que sabemos abultado. Quizá te suene a justificación y el propósito real es explicarte que, en ocasiones, no por mucho correr se llega antes. Mas, vayamos por partes. 
Los anticuerpos producidos debido a la última dosis de la vacuna o por el hecho de haberte contagiado tienen fecha de caducidad. Entre cinco y seis meses después del evento los niveles son ínfimos. Esto hace que la protección inmediata frente a la infección por el virus SARS-CoV-2 disminuya. De cualquier manera no todo es oscuro, recordemos que existe la inmunidad celular que, aunque tarda un poco en activarse, nos defiende y fundamentalmente reduce la gravedad con la que puedes cursar la infección. Según varios estudios, incluido uno de cosecha propia, este tipo de defensa está presente al menos hasta los siete u ocho meses después de la vacunación y suponemos que quizá sea igual en caso de la infección, pero no lo hemos confirmado. Con estos datos en las manos es posible recomendar aplazar una cuarta dosis de la vacuna más allá del verano en la mayoría de la población. Sin embargo, existen dos grupos a los que debemos analizar por separado: los inmunodeprimidos y los mayores de 80 años. En los primeros la recomendación será caso por caso e irá de la mano de su médico. En los segundos, nuestros mayores, habrá que ir con paso de plomo. En el aire se respira el temor de una fatiga inmunológica debida a la exposición repetida y en un espacio corto de tiempo a un estímulo, es decir, la vacuna. Este fenómeno podría inducir la no respuesta de sus defensas frente a otros patógenos, lo cual los haría vulnerables a otras infecciones. Sin embargo, no está clara su ocurrencia en este contexto y deberíamos pensarnos muy bien si dejar a esta población tan frágil sin protección frente al virus es la mejor opción. Lo que sí tengo muy claro es que no debemos eliminar el uso de las mascarillas cuando nos relacionamos con los ancianos de esas venerables edades; con esta acción reducimos su exposición a este y otros virus que pueden comprometer su salud. 
Ahora, tal y como diría una persona muy querida, hago un “twist” y caigo en un tema realmente preocupante a la par de desconcertante: la alarma de hepatitis infantil de origen desconocido. ¿Qué tiene que ver esto con la COVID-19? quizá sea la pregunta que te ronda. Te insto a seguir leyéndome para contestarla. 

Mucho se está hablando de ello y realmente poco se conoce del fenómeno en cuestión. No es rara la existencia de hepatitis infantil de esta índole; la alarma viene dada por el número de pacientes que se están contabilizando en varios países. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) cada día se reciben decenas de informes sobre posibles casos de hepatitis infantil de origen desconocido. Con una actualización a fecha 1 de mayo se registran 228 afectados, pero la cifra va en constante aumento. Por ahora, la mayoría se han notificado en Europa, especialmente en el Reino Unido. En España, hasta el viernes 29 de abril, el Ministerio de Sanidad había detectado 22 casos, 16 de ellos en menores de 11 años y, aparentemente, estos enfermos no tienen vínculo epidemiológico entre ellos. Existen varias hipótesis que intentan dar una explicación a lo que está ocurriendo. Por una parte se especula con una baja exposición de los niños a distintos patógenos comunes que les refuerzan su sistema de defensa. Quienes apuestan por esta hipótesis se basan en la poca interacción que ha tenido esta población debido a las restricciones por la pandemia, en especial el uso de la mascarilla. Sin embargo, sabemos que el uso de las mascarillas en los niños no ha sido obligatorio en todas las edades por lo que no me inclino a dar por válida esta opción. Tampoco es muy creíble un efecto secundario de las vacunas contra la COVID-19, ya que parte de estos niños no habían sido vacunados aún. Una tercera posibilidad está en la coinfección por adenovirus y el SARS-CoV-2. Los adenovirus por sí solos no suelen causar cuadros de la gravedad que se está observando. Hasta el momento se tiene la certeza que 19 de los casos reportados presentan la coinfección que te mencioné. Por lo que me inclino a pensar que existe otro factor en la ecuación por resolver. ¿Será una de las variantes del SARS-CoV-2? Aunque no se descarta la existencia de un nuevo tipo de adenovirus, dadas las circunstancias pandémicas que vivimos no es descabellado pensar en una “cooperación” entre un adenovirus y la variante Omicrón que prevalece. Por lo pronto hemos planteado un estudio del estado inmunológico de estos niños y su posible relación con una infección previa con el SARS-CoV-2, un proyecto en ciernes que surgió como surgen las cosas en estos tiempos de la información inmediata: por una conversación vía Whatsapp con la persona que más sabe en España de hepatología infantil, la doctora Paloma Jara. Ambos reconocemos que es un reto para la inmunología lo que está sucediendo y, sobre todo, una urgencia que nos quita el sueño.
Os quiero, 
Ed.

viernes, 6 de mayo de 2022

Viernes... con mezcla de proyectos

Hola a tod@s!

Con menos incidencia de la COVID-19, aunque sin haber resuelto la pandemia, los laboratorios vamos rescatando aquellos proyectos detenidos por la urgencia del virus emergente. No es un secreto que el cáncer –y en especial la metástasis– son otras pandemias permanentes que nos preocupan y ocupan. En ese sentido es gratificante comprobar que poco a poco se van conociendo trabajos dirigidos a identificar la diana a la que debemos apuntar para acabar con ese emperador de todos los males y sus indeseadas derivadas. 
Mi Viernes de hoy lo dedico a realizar un repaso rápido por algunos hitos que se han producido en los últimos días en este campo. En la época pre COVID -quizá sea conveniente comenzarla a llamar por algunas siglas ¿propuestas?- una de las grandes esperanzas para combatir varios tipos de tumores era la llamada inmunoterapia con anticuerpos contra los inmunocheckpoints. Cuando un tumor comienza a crecer, los antidisturbios locales, es decir, las células del sistema inmunológico cercanas, y otras que acuden desde el torrente sanguíneo intentan eliminarlo. Sin embargo, la lucha entre nuestras células defensivas y las tumorales puede terminar en una especie de reeducación de las primeras, momento en que dejan de defendernos e incluso colaboraran con el cáncer. Este proceso de “corrupción” es el objetivo de estudio de muchos investigadores, entre quienes me cuento. El fascinante mundo de la tumor-inmunología, tándem aparentemente complicado de pronunciar, pero precioso en su interior, escudriña los entresijos de esa extraña relación. 

La idea es sencilla: hay que hacer que las defensas eviten el avance de los tumores. Durante un proceso tumoral una gran cantidad de cánceres logran atraer a sus filas a los “policías” que vigilan el cuerpo humano. La clave está en evitar o revertir esa “corrupción policial”. En la realidad celular y molecular, las células cancerígenas expresan en su exterior unas moléculas que, al interactuar con las defensas, hace que estas últimas dejen de luchar contra el tumor y caigan en un estado de cansancio que les impide actuar como es debido. Al estudiar esta especie de negociación entre los criminales —células del tumor—, y los policías —células de la defensa—, cada día encontramos nuevos factores que nos ayudarán a bloquear ese cansancio inducido en las defensas humanas y restablecer su lucha. Los elementos implicados en este fenómeno se llaman immunocheckpoints. Si quisiéramos traducirlo, sería algo así como puntos de control inmunológico, pero la realidad es que el término anglosajón es más manejable y, sin menospreciar la riqueza de nuestra lengua, en este caso me pliego a usar la palabra concisa que importamos del latín actual, es decir, el inglés. Entre los immunocheckpoints, el más popular actualmente es el PD-1, y las terapias que lo involucran han tenido gran éxito en más de un tipo de tumor. Sin embargo, siempre hemos sospechado que PD-1 no es él único. 
Recientemente, algunas investigaciones realizadas en mi equipo apuntan hacia otro immunocheckpoint con posibilidades terapéuticas. Esta vez es una molécula bautizada como SIGLEC-5. Su aparición en tumores de colon y pulmón se correlaciona con la malignidad del mismo, así como con un peor pronóstico para el paciente. Además, cuando se bloquea con anticuerpos específicos se logra reactivar la respuesta anti-tumoral ¿Estaremos frente a una nueva inmunoterapia útil en estos tipos de cánceres? Especulamos que así es, pero aún es temprano para afirmarlo. En manos de mi doctoranda Karla Montalbán-Hernández están los experimentos adicionales para demostrar su utilidad clínica. 
En una línea diferente pero también usando el sistema de defensa, unos científicos del Instituto Sloan Kettering, de Nueva York, han descubierto un nuevo tipo de “soldado antidisturbios” que pertenece a la familia conocida por el nombre de “células asesinas” pero con atributos especiales. Hasta ahora, las células asesinas que en realidad llamamos NK por sus siglas en inglés, Natural Killers, sabíamos que eran capaces de eliminar los tumores si se daban un número importante de condiciones. Pero, esta nueva subpoblación identificada puede hacerlo sin tantas prerrogativas; además tienen la capacidad de no “cansarse” cuando aparecen los immunocheckpoints de los que te hablé más arriba. Usar estas células para dirigirlas hacia tumores de difícil acceso parece ser una opción posible. Por ahora funciona en modelos animales, mas es una puerta que se ha abierto para el tratamiento de tumores sólidos. 
Por último, quiero volver a Europa y comentarte que un grupo mixto de investigadores holandeses y españoles ha dado con una estrategia para eliminar las células madres de cáncer de colon sin dañar aquellas que no son malignas. Eliminar las células madres tumorales es un sueño médico, en la mayoría de los casos son ellas las responsables de la metástasis y, además, son resistentes a los tratamientos estándares. Los experimentos publicados han sido realizados en organoides, es decir, pequeños órganos que se obtienen de biopsias de pacientes que replican con precisión las características reales del órgano original, en este caso el colon. He aquí un gran avance que, a la espera de más investigación, muestra otro camino para acabar con esa plaga que azota a la humanidad desde sus prolegómenos. Me reitero en lo muchas veces dicho, no es magia es ciencia.
Menuda la que se armó en twitter por decir que sigo usando las mascarillas en el gym y el cine.
Os quiero, 
Ed.
PD: Modificado de mi columna en El Español.

miércoles, 27 de abril de 2022

Viernes de un mensajero apunta al corazón; y no es Cupido.

Hola a tod@s! 
Decía Bécquer que no se tiene corazón por aquello de sentir sus latidos. En ese caso sólo podemos decir que tenemos “una máquina que al compás que se mueve hace ruido”. No seré yo quien contradiga al poeta, mas la realidad es que ese pequeño músculo que se contrae rítmicamente nos mantiene vivos, aún cuando una depresión amorosa se apodera de nuestro ser. Este Viernes lo dedicaré a ese cúmulo de células que ha confundido a científicos y poetas. 
Sabemos que los llamados ataques al corazón representan alrededor del 85 % de los 18 millones de fallecimientos por enfermedades cardiovasculares en el planeta. Esto ocurre cuando el flujo de sangre oxigenada se obstruye repentinamente en una o más de las arterias coronarias que abastecen al músculo cardíaco. En ese momento, una sección del músculo no puede obtener suficiente oxígeno y, si el flujo de sangre no se restablece rápidamente, las células que componen el corazón mueren; un proceso que, por ahora, es imposible revertir. 

Aparentemente nacemos con un número determinado de células musculares en el corazón y son exactamente las mismas con las que moriremos. Por ello encontrar un tratamiento que pueda “convencer” a las células supervivientes de un ataque cardíaco de que proliferen para sustituir a las muertas es un sueño científico de infinitas aplicaciones en la medicina. Supongo que llegados a este punto te preguntarás: ¿Y todo esto a qué viene en una semana donde nos estamos quitando la mascarilla, aunque la pandemia continúa? 
Vayamos por partes. Con la pandemia de la COVID-19 se ha dado un salto cuántico en la aplicación de la tecnología que involucra el ARN mensajero –mRNA en sus siglas inglesas– para hacer que algunas células del cuerpo produzcan proteínas del SARS-CoV-2 y, de esta forma, nuestras defensas las encuentren y generen anticuerpos contra este virus sin la medicación de una infección. Vale la pena aclararte que lo de mensajero se podría explicar porque lleva el mensaje necesario para que haga una acción. Estaba meridianamente claro que esto no se quedaría en una única aplicación, es decir, las vacunas. Las mentes científicas, siempre inquietas, van más allá y ahora se prevé una revolución en el campo de la cardiología usando los mismos conceptos y herramientas. Por estos días un equipo de científicos en el Reino Unido ha utilizado la misma base tecnológica de las vacunas de mRNA contra el SARS-CoV-2 para incitar el crecimiento de tejido sano cardíaco luego de un episodio de infarto. Según nos cuentan, al inyectar algunos mRNA precisos se puede lograr que el tejido dañado se regenere, evitando una evolución hacia la insuficiencia cardíaca de fatales consecuencias, algo que frecuentemente ocurre luego de un infarto. Parece magia, pero no lo es. Como siempre te aclaro: es ciencia. Aunque aún es extremadamente preliminar, este estudio va indicando el camino a seguir para tratar dolencias que anualmente arrebatan la vida a millones de personas. 
En este sentido otro equipo, esta vez estadounidense, está atacando el mismo problema usando la misma tecnología, pero desde un ángulo diferente. Ellos ambicionan solucionar una complicación derivada de los ataques de corazón que denominamos fibrosis cardíaca. Este proceso se puede entender como la cicatrización de una lesión en el corazón que afecta la correcta función del órgano. La idea involucra, además, la inmunología. Te explico: Se diseña un mRNA capaz de transformar algunas células de nuestras defensas en verdaderos agentes terapéuticos que van a eliminar esa fibrosis cardíaca generada después del infarto. Los ensayos en modelos animales apuntan a una reducción significativa de la fibrosis y, por consiguiente, una mejora evidente de las funciones del corazón. Con anterioridad se había postulado y probado la misma idea, pero sin usar un mRNA. Esto implicaba extraer sangre de los pacientes que han sufrido un infarto, modificar algunas de sus células del sistema de defensa, lo que llamamos sistema inmunológico, y luego incorporarlas al cuerpo del paciente para que sean capaces de reconocer y eliminar la fibrosis del tejido cardíaco. El avance significativo al usar un mRNA consiste en que no sería necesaria la extracción de la sangre ni la transformación de las células fuera del paciente. En este caso, una inyección con los mRNA adecuados convertiría temporalmente al propio cuerpo en una fábrica de células inmunológicas que reconocerían y atacarían a la fibrosis. En resumen: un mensajero apunta al corazón; y no es Cupido. Debo decirte que estos datos son muy prometedores, mas sólo se han probado en modelos no humanos. Aún queda mucho campo por andar y ciencia que financiar para convertirlo en una realidad; porque la ciencia es cara, pero da réditos. 
Os quiero, 
Ed. 
PD: Modificado de mi columna en El Español.

sábado, 23 de abril de 2022

Viernes... con confesión por Semana Santa

Hola a tod@s! 
Con la lluvia de siempre, pero sin las prohibiciones de los últimos dos años, esta semana ha vuelto a ser santa para regocijo de creyentes y seguidores de tradiciones. Las calles de muchas ciudades se llenan de procesiones. El aire trasmite sentidas saetas que provocan lágrimas tanto en devotos como en personas sin credo católico que se emocionan ante un acto de fe. Desde mi ya conocido ateísmo quiero hacer un alto en la divulgación científica de cada sábado y hacerte una confesión. Mas eso será adelante. Primero me gustaría centrarme en esa eterna disyuntiva que tantas discusiones me ha ocasionado: ciencia versus religión. 
Reconozco que en el pasado cercano he sido un febril defensor de la ciencia como única vía para explicarnos el universo y las relaciones sociales. Más de una vez le justifiqué a mi suegra de entonces el ateísmo con la simple sentencia: “No necesitamos a un Dios para estar acompañados, entender el universo, ni vivir”. No tengo que decirte que estas aseveraciones tajantes me han granjeado varios malentendidos y alguna que otra descalificación. Mas mi consciencia se lustra con el hecho de haber leído no una, sino varias veces el sagrado libro que muchos mencionan, pero pocos han estudiado en profundidad: la Biblia.
Desde niño me intrigó el hecho de que varias generaciones tuvieran por guía espiritual un texto escrito hace un par de milenios. Ya en mi juventud universitaria y con la organización mental que me caracteriza, busqué en mis repetidas lecturas de la Biblia un mensaje para el pichón de científico que en aquel momento era. Escudriñé cada arista del Antiguo Testamento para encontrar alguna clave; me hubiese conformado con un “la vida son dos serpientes que se retuercen entre sí” o “no podrás competir con un rayo”, la primera dando a entender que la existencia conocida tiene su base en dos hebras de ADN que se entrelazan, mientras que la segunda se referiría a la imposibilidad física de superar la velocidad de la luz. Mas no fue posible, no encontré ningún mensaje claro para mí. En algún momento tuve como proyecto retomar mi pesquisa usando una versión en hebreo o quizá en latín del sagrado texto. Ya sabemos que las traducciones suelen ser versiones libres y las sutilezas se pierden en el camino. Al final desistí. Con los años me fui rodeando de colegas científicos donde predominaba el ateísmo o cómo mucho la simpatía con un sentimiento agnóstico. Sin embargo, cuando me salía del club la diversidad se expandía y las discusiones desde puntos de vista divergentes se fomentaban. Según algunas estadísticas que habría que tomar con precaución, el 83 % de la población declara creer en algún Dios, el 12 % supone la existencia de un gran poder, aunque no se lo asigna a una deidad y tan sólo el 4 % dice ser ateo. Estas cifras cambian drásticamente cuando vamos a la comunidad científica, en este caso el 33 % dice reconocer la existencia de un Dios frente a un 41 % que niega cualquier tipo gran poder. Es curioso que el sentimiento religioso va disminuyendo con la edad entre los científicos, rozando el 50 % de ateísmo puro en mayores de 65 años. Sin estadísticas disponibles para sentar cátedra, me aventuro a decir que justo lo contrario ocurre en la población general. Dejando los números a un lado vayamos a las preguntas esenciales, esas que nos planteamos cuando estudiamos filosofía. ¿Qué haría un Dios para recordar su existencia a su creación? Este cuestionamiento me ha perseguido toda mi vida. Poco a poco y luego de mucho pensar llegué a la conclusión de que, de ser Dios, dejaría mi impronta en lo ínfimo y lo enorme. Mi firma saltaría a la vista de quien no me busca, pero intenta revelar los secretos de la naturaleza. 
Ahora es cuando viene mi confesión de Semana Santa, la duda que hace tambalear mi ateísmo casi furibundo. Esa vacilación en mis principios tiene forma de número, un número irracional: te hablo de Pi. El archiconocido se define como la razón entre la longitud y el diámetro de una circunferencia. Pero sabemos que es mucho más que eso. Este número infinito aparece en las relaciones matemáticas que describen procesos del mundo cuántico y también en las proporciones astronómicas, en otras palabras, es una impronta en lo ínfimo y lo enorme. Por citar, el período de oscilación de un péndulo es dos veces Pi; cuando estudiamos la probabilidad de ocurrencia de un evento y establecemos una función para describirla sale el número Pi; en las llamadas series infinitas Pi es protagonista… y así un largo y abultado etcétera. Confieso que aquí las dudas me embisten, arremeten contra la línea de flotación del buque que alberga mis principios. Luego analizo y busco el razonamiento que intenta explicar la sinrazón, aunque debo admitir que otros científicos han tenido un proceso similar. He aquí mi regalo por Semana Santa: un titubeo que encuentra su lugar en el centro del raciocinio. No todo es blanco y negro, existen los tonos grises y somos más sabios cuando cuestionamos las bases, siempre desde la lógica. 
¿Y la controversia ciencia versus religión?, te preguntarás. No hay controversia posible, la una sigue un método, en permanente renovación, para buscar hipótesis que se conviertan en teorías que logren explicar un fenómeno. La otra es un credo personal que no tiene discusión. 
Os quiero, 
Ed. 

PD: Modificado de mi columna semanal en El Español.

viernes, 28 de enero de 2022

Viernes... corto y de poca paciencia

Hola a tod@s! 
No se cuenta entre mis virtudes ser paciente. “Una tesis se hace en 4-6 años”… yo en dos. “Para saltar de la Física Nuclear a la Inmunología necesitas otra década de estudios”… pues no. “Debes guardar luto durante un año cuando sufres un desamor”… ¿quién merece 12 meses de mi vida si ha decido echarme a un lado? 
Por lo general es difícil entender la celeridad, en cambio a mi se me torna insoportable la lentitud. Con los años he aprendido que la ciencia, por ejemplo, se cuece a fuego lento. Las interacciones con amigos, conocidos, colegas y amores me han hecho respirar hondo y asumir que para los demás el tiempo necesario es otro. Irremediablemente tengo que adaptarme, pero cuesta. A veces me da la sensación que las personas que me rodean planean vivir diez vidas, miles de años… ¿no se han enterado de la insufrible prontitud de la existencia? Si fuera Kundera hubiese escrito La Impaciencia. 
Os quiero, 
Ed.
PD: Bienvenido Holden!

viernes, 31 de diciembre de 2021

Viernes... el último de 2021

Hola a tod@s! 
En algún lugar leí que “los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean buenos tiempos, los buenos tiempos crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles”, sin entrar en la contemporaneidad de los términos, tan adecuada en ocasiones y tan desafortunadas en otras, y entendiendo hombres igual a personas, me pregunto: ¿En qué momento del ciclo estamos? 
Hoy se cierra un año que, aunque me empeñe, no puedo negar ha sido harto difícil para mí. Las fachadas son siempre lustrosas: un premio en Baeza, un puesto en la lista Forbes, lo mismo en listas de El Mundo y El Español, numerosos artículos científicos de rigor, un libro, una mención por parte de la Sociedad Americana de Inmunólogos, una columna permanente en un periódico nacional, un largo etcétera de logros para la vitrina. Mas “no vivimos en el mundo tanto como lo hacemos en nuestras propias mentes”. El 2021 se llevó a mi hermana… “vuelve con lo mismo” dirán los que no saben qué significa la pérdida. En el 2021 se esfumó un proyecto de vida que alimenté con leña suave y cociné a fuego lento… dos minutos me despisté y un torrencial implacable lo convirtió todo en cenizas. “Siempre es fatal que se interrumpa la música o la poesía”, mas a veces se torna insoportablemente necesario. 
También este año me ha regalado un punto de inflexión, ese momento mágico que un matemático escudriña buscando el cero de la segunda derivada y el poeta describe con palabras dulces, sonoras. “Es fácil amar a las personas en la memoria; lo difícil es amarlos cuando están frente a ti”… alguien dijo o escribió. Ningún convencionalismo podrá arrebatarme esas 30 horas en la que descubrí que el paraíso existe, está en la tierra y es caprichosamente efímero. Quizá tarde un Siglo sin Luces hasta que llegue la Consagrada Primavera, quizá para entonces, como otras veces, alguien diga: “Me atraviesas el alma. Soy mitad agonía y mitad esperanza. No me digas que llegué demasiado tarde, que esos preciosos sentimientos se han ido para siempre”. Tal y como me dice el chico de Kansas: “el advertido está preparado de antemano”. 
Se acaba el año, otros 12 meses pandémicos, 365 días en los que he luchado con los demonios internos y externos. “Qué dramático” dirá aquel que no ha vivido. Un puñado de horas de sufrimiento con traca final en una discoteca y remate postmoderno a través del teléfono “mejor lo dejamos”. Y con ello borramos el proyecto y la inflexión, la curva se aplana y la soledad vuelve a ocupar el lugar de privilegio de antaño y después. ¿Planes para el 2022? Vivir, crear que es mi forma de vivir. 
Gracias Ana y Paloma, Gracias Alejandro y Ruben, Gracias Castalios, Gracias Bañuscos, Gracias Cruz y Pedro J, Gracias Verónica, J, Rober, Karla, Rebeca…, Gracias Daryl, Gracias Jaime, Gracias Lilo, Any, Shelly, Lissette, Gracias Alfredo, Gracias eternas al chico de Kansas… gracias a los que estuvieron aunque ya no estén. 
Os quiero, 
Ed.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Resumen...

Hola a tod@s!  
Un Viernes gélido en Madrid. La semana se ha marcado temperaturas bajas para estos lares y un servidor, fiel a sus costumbres, anda con la voz de locutor radial y el asma que me acompaña cuando se enfría el cuerpo. 
El 2021 se va consumiendo y mi definición sería: el año sorpresa. Las ha habido buenas, malas, terribles, agradables… doce meses que algunos preferían olvidar, pero no tener memoria es el primer síntoma de subdesarrollo. Yo siempre recuerdo. 
Empezamos por una vacuna que llegó con la peor de las ventiscas vividas en mi ciudad. Terminamos con el convencimiento de que la soledad es un estado natural al que tendemos, aunque me empeñe en lo contrario. Por el camino re-apareció el chico de Kansas 30 años después de desvanecerse en La Habana. Llegó para quedarse y estos Viernes fueron la herramienta que nos volvió a conectar. Una “bendición” de amistad que agradeceré el resto de mi vida. En el camino se quedó mi hermana, víctima de un virus que aún hoy muchos miran sin respeto. El mago de mi vida, aquel que seis años atrás me iluminó con su sonrisa, decidió bifurcar el sendero que antes transitamos juntos y yo le deseo la mejor de las suertes. En otra cuerda, mi ciencia es imparable y no me da ningún reparo en admitirlo, decirlo, difundirlo… ¡no tengo abuela! Bueno, por no tener no tengo prácticamente a nadie. La suerte está en ese club de amigos que he ido alimentando durante las 52 vueltas al Sol que llevo sobre las espaldas. He de decir que nuevos miembros han iluminado estos días grises, hablo del vecino de Castellar y su pandilla andaluza. También del literato de las aceitunas y el científico que vive al frente. Este último, un genio de la neurociencia a quien seguía por sus artículos, resultó ser un vecino que puedo saludar con sólo salir al balcón… alegrías del 2021. Extendiendo la cuerda un poco más, diciembre ha visto el nacimiento de mi columna dominical “Ciencia en Español” donde hablo con quien me lea, de tú a tú, como siempre suelo hacer. Un espacio semanal dedicado a difundir ciencia, política científica e investigaciones recientes, siempre en Español y en El Español (Cruz te adoro y lo sabes). Dos amigos han publicado libros David y Pedro J. Dos presentaciones emocionantes separadas por 24 horas. Mi libro ¿Qué es la sepsis? cerró la trilogía “¿Qué es…?” pero, a diferencia de sus predecesores apenas ha sido leído. La sepsis sigue sin interesar, la sepsis sigue matando. 
Y yo os dejo por hoy. 
Os quiero, 
Ed.