Hola
a tod@s!
Con
un jet lag de largo alcance ya estoy en Madrid, pero antes pasé un fin de
semana realmente delicioso en un NY lleno de recuerdos y de amigos para
recordar. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que estuve en la City.
Era el comienzo del siglo y aún bajo la mirada de las torres gemelas, Nelson,
Lissette y servidor paseábamos a una pequeñísima Lucía mientras hablábamos de
un futuro que ya llegó. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces, aquella
pequeña ha devenido mujer, Nelson es todo un pedagogo y Lissette, con un
doctorado en Columbia bajo el brazo, se dispone a dirigir su propio grupo. Pero
algo sigue intacto, y es esa complicidad de amigos que el tiempo y la distancia
no pueden destruir. Con ellos reconocí una ciudad que siempre he sentido
cercana y mía. Allí asistí a una obra de teatro en un College de integración
social que me dejó impactado por su nivel en muchos sentidos. Nuevamente
comprobé la capacidad del americano para hablar en público sin que la vergüenza
acuda para inhibirlos. Paseé por zonas nuevas donde la integración sigue siendo
el lema a cumplir; dando el mejor ejemplo High line, otrora sitio horrible, se
ha convertido en un paseo Zen que aleja el estrés de una ciudad convulsa sin
rechazar su esencia. Pero hay más, otra vez me quedé mudo frente a un Gerry que
se supera así mismo y logra trasladar la plasticidad al vidrio para crear un
edificio, muy Guggenheim, todo trasparente. También conocí al mago de las
formas en el museo de Brooklyn, alguien que lleva por nombre Anatsui y es capaz
de crear y recrear con la basura que el mundo genera. Frente a su obra, una vez
más, comprendí que los muros son movibles y, muchas veces, transparentes.
Paseos, conversaciones, recuerdos y visiones de lo que vendrá llenaron unas 48
horas que colmaron mis pulmones de fino oxígeno. Una cena exquisita preparada
por Lissette con la complicidad de otro amigo que por allá pernota, Yoel, y la
compañía de quienes antes y ahora arropan mi existencia. Y para el final, otro
paseo por el Bronx, ese barrio que combina al negro con el latino, al gay
exquisito con la madre de familia numerosa, el mismo que antes horrorizaba y
hoy se mira con perspectivas futuras. Entonces un avión de American Airlines me
acercó a Madrid, me plantó en la crisis. Abrí los ojos a la noticias que hablan
de un banquero que durmió en la cárcel, de una televisión pública que invita a
revisar el vestido para no provocar, de un ministro de justicia empeñado en
abortar la libertad y el sentido común. Una España, siempre linda, pero que
echa a sus mejores hijos y se queda con las corbatas de guante blanco. Y fui
nuevamente al Real para el estreno de un Don Pascual correcto pero sin sabor y
escuché los aplausos de un público rancio que vive en el siglo XIX y… y…, y me
pregunto por qué sigo aquí. Entonces quedé a comer con unos amigos con los que
vamos creando la tradición de vernos una vez al mes, Ana y Cristóbal, y
conversamos y bromeamos y proyectamos. Me percato que aquí vivo, que aquí tengo
mi vida, que de aquí no tengo que irme. Ya una vez abandoné un barco
hundiéndose, allá por la Isla de la metáforas, no debo repetir la historia… el
mundo está lleno de energía potencial, sólo falta convertirla en cinética.
Os
quiero,
Ed.






