Siento
decir que no me gusta el verano, mientras el resto de la población experimenta
una alegría desmedida yo sufro lo indecible. Si, lo siento, no me gusta el
verano y tengo justificación. Como prolegómeno me vino un trancazo que me dejó
knockout durante siete días. Así estuve sin poder mover un dedo ni hacer que
las neuronas hicieran una ínfima sinapsis. Luego de sudar varias veces la
fiebre, viene el verano y con él el asma. Esa sensación de que te ahogas hagas
lo que hagas… en fin muy agradable. Pero todo no queda aquí. Empieza el verano
y los locales les da por emular el ártico poniendo los aires acondicionado a
tope. Entonces al entrar al metro, al laboratorio, a la cafetería… tengo la
sensación de que los pulmones buscan una mínima expresión espacial. En otras
palabras, me ahogo más. Lo único que añoro es tomar cosas calientes: caldos, té
“extra hot and so on”. Y junto a ello viene la mirada atónita del camarero de
turno cuando le pido: “un té lo más caliente posible”. En fin… y no es que no
trate de contagiarme con el florecer del resto del planeta, no, yo lo intento
con todas mis fuerzas. Ayer por ejemplo me puse los patines y me fui al Retiro
a patinar casi dos horas. Genial, durante ese tiempo sólo tuve que utilizar el
inhalador tres veces. Pero cambiemos de tema. Han pasado dos semanas y casi nos
quedamos sin personajes célebres. En un par de días se nos fue la Violetera de
mi infancia, la dama de hierro de mi juventud y el escritor de siempre. Realmente
sentí la muerte de Sara Montiel. Sentí que las nuevas generaciones la conocen
como una señora medio decrépita que tenía líos falderos con un cubano más joven
que ella. Sara fue una grande que se hizo a sí misma y logró lo impensable con
un talento natural poco común. Es fácil criticarla pero difícil llegar a su
altura. Por su parte, la Thatcher es otra cosa. Fue admirable su empuje pero no
sus acciones. Un amigo, inconsciente él, publicó en Facebook que su pérdida si
era sentida. Habría que preguntarle a los que limitó, a quienes tuvieron que
esconder su homosexualidad, a quienes les quitó mil y una prestación. Desde
luego, esta señora nunca fue mi favorita aunque me pueda encantar ese tesón que
la hizo emerger desde el subsuelo. Y al final nos enteramos que Sampedro también
se había ido. Triste noticia. Él fue un lúcido en todo momento, un renacentista
de los que no quedan. Mientras tanto en Venezuela Maduro perpetua el chavismo,
quizá habrá que llamarlo neo-chavismo. Con tongo o sin él, lo cierto es que
algo ha cambiado en aquel país. La mitad de la población quiere un cambio y eso
es considerable. En Capriles no he visto un gran líder pero en Maduro no veo un
presidente. El modelo impuesto en Venezuela puede que dé un balón de oxígeno a
los más favorecido pero, a cambio, les hipoteca la libertad de expresión entre
otros pagos. Eso ya me lo conozco y no es bueno. Pero las noticias, casi todas
malas, no dejan de asombrar. Con horas de diferencia, en Boston estallan dos
bombas en medio de una maratón, luego en Texas explota una fábrica de
fertilizantes y más tarde un policía es abatido en el campus del MIT. Algo se
me removió cuando supe lo de Boston. Tengo magníficos recuerdos de esa ciudad.
Muchos fueron los fines de semana que pasé allí cuando vivía en Providence. En mi
memoria la tengo como un sitio pacífico, tranquilo y agradable. Fue curioso
como, inmediatamente, muchas conocidos dijeron que ese mismo día habían muerto
más personas en Irak. Creo que es cruel la comparación y prefiero dejarlo aquí.
Volviendo a la madre patria, seguimos con las telenovelas habituales: Bárcenas
se desencadena, La infanta se hunde y El duque se traslada. Si, por increíble
que parezca el duquesito que está destruyendo la monarquía y, “aparentemente”,
ha robado a diestra y siniestra tiene un puesto de entrenador en Qatar por el
que le pagarán casi un millón al año. Son maneras de entender la justicia que
no me acaban de cuadrar. Y la sazón esto cada día se me parece más mi Cuba de
los noventa, resulta que en el teatro han florecido los peores textos jamás
escrito con el gancho de hablar mal de tod@s y en busca de ese aplauso fácil.
Por suerte, aún quedan reductos y uno de ellos ha sido la Compañía Nacional de
Danza que se viste definitivamente de largo estrenando una versión de Romeo y
Julieta realmente fantástica. Parafraseando al poeta, podrán cortar todas las
flores pero será difícil detener la primavera… y mi asma. Ed.
PD: Si alguien quiere leer lo que escribí sobre el Romeo y Julieta que vi en el Teatro Real aquí os dejo el link http://www.ociogay.com/2013/04/17/la-cnd-de-martinez-despega-gracias-al-brillante-romeo-y-julieta-de-goyo-montero/






